Miércoles 4 de junio de
2014
Hoy por alguna peculiar
razón (que ya se comienza a tornar cotidiana) desperté con más sueño de con el
que me dormí. Me levanté, mojé mi rostro (cosa que no ayudó absolutamente en
nada para quitarme el sueño de encima) subí las escaleras y me preparé un
platillo clasificable entre los manjares de los dioses: un pan con mermelada.
De un momento a otro (o dos horas después posiblemente, no se puede asegurar
nada considerando mi somnolienta condición) me encontraba en la entrada de mi
escuela queriendo ser lo más indiferente con el prefecto en la entrada y llegar
lo más rápido posible a mi lugar en el fondo del salón para que mis ojos lo
vuelvan una eficiente y poco ortopédica cama.
El día de hoy (y seré lo más sincero posible) mi mente se
encontró en un estado de trance, en un estado de demencia lo suficientemente
fuerte como para que el famoso “¡Aprendizaje Esperado!” se volviera poco más
que un susurro. Sinceramente fueron 75 minutos de un divague total de mi mente,
haciéndome preguntas tan simples y complejas como las implicaciones filosóficas
de la vida de una hormiga, o por qué nuestro presidente pudo llegar a ser
presidente con una capacidad intelectual equivalente a la de un gato
persiguiendo la lucesita de un láser, o por qué de un día para otro el salir a
la calle era inminentemente tener que cumplir mi nuevo pasatiempo de buscar un
par de ojos cafés entre la multitud. Fueron 75 minutos de preguntarme
constantemente en que momento (que obviamente paso desapercibido en mi
conciencia) pasó de moda la locura, o cuando fue que la vulgaridad, perversión
y mero deseo logró hacer que el romanticismo pasara a segundo plano, sin previo
aviso, sin carta de presentación, sin hoja rosa y tres meses de anticipación,
así nada más la boca de los hombres perdió la voz del poeta y los oídos de las
mujeres perdieron el capricho de princesas.
Fue por azares del destino que al final de la clase mi
libreta tenía todas y cada una de las gráficas vistas en clase, y es más: hasta
la tarea estaba hecha. Un sueño hecho realidad, teletransportarme 75 minutos de
clase y regresar con todos los ejercicios hechos.
Por ahora me despido mis
amigos, les deseo un buen día.
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