Viernes 30 de mayo de 2014
Era hora, mi primer día de
clases después de dos días de guacarear a diestra y siniestra. Me duele decir
que después de dos días de ser víctima (cosa que todavía soy pero a niveles
considerablemente menores) mi máxima autoridad (mi madre) me negó el derecho de
completar mi “obligado medicamente” puente. Así que heme aquí, en una escuela a
la que horas antes pude haber llegar hasta a maldecir (por el coraje de tener
que asistir en dicha condición).
Recordamos básicamente lo que eran las funciones lineales:
sus características, la manera en la que cambian con el coeficiente de X o con
el número agregado, o como con el signo de la función, etc, etc, etc. Bueno,
con la memoria fresca la mitad que originalmente iría al salón lo hizo y ahí
comenzamos nuestro recordatorio, como lo llamaré, práctico de las funciones
lineales. 17 funciones se hallaban escritas en el pizarrón, nuestro deber,
graficarlas.
Comenzamos, el estrés corría por nuestras venas, el tiempo nos pisaba los talones, los lápices se deslizaban en las libretas, las hojas milimétricas se teñían de gráficas y las tijeras se desgastaban por la prisa despreocupada de los despreocupados alumnos buscando derrotar al reloj en aquella breve carrera de terminar. Mi trabajo iba a la mitad cuando… mi mitad del grupo debía realizar la evaluación de maestros. Subimos a CEDA (de nuevo) y nos sentamos cada uno en una computadora. Medio grupo con una estúpida sensación de poder, poniendo 10 a aquellos maestros a quienes creyeran merecedores de su aprecio (o su miedo, en algunos casos) y reprobando deshonestamente a esos maestros que según su perdida mente, se podían dar la libertad de tachar como “malos” simplemente por no cederles algún favor. Mi tiempo se acababa, el toque de la campana se volvía más amenazante y no sabía qué me daba más miedo: irme a casa con un P de pendiente, o que no hubiera opción de P de pendiente. Y para acabar mi buena suerte, al terminar mi evaluación, el prefecto se acerco a pedirme que dejara de obstruir la delicadeza de su sistema, ¿como haría eso? Sencillo, cortando los incipientes pelos que crecían de mi rostro. ¿Que más podía pedir? Solo me quedaba rezar a cualquiera (más de uno si era necesario) de los miles de dioses existentes que lo que atormentaba mi estómago (si de cualquier manera lo sufriría) fuera un derrame biliar para poder atribuírselo a dicho prefecto.
Al final tuvimos unos minutos extra de clase de matemáticas
para terminar nuestras gráficas.
Eso es todo me imagino, que tengan todos un buen día (se
muestra gato con sonrisa de oreja a oreja para terminar).
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